Estrategias para no decir

Ideas para conservar el misterio / prácticas efectivas de negación

  • Fragmentar la oración y escribirla en distintos diarios.
  • Ser muda en mis sueños.
  • Empezar a decirlo en mi cabeza y parar a mitad de la frase.
  • Dividir ficciones en tiempos paralelos. 
  • Reír cada vez que me tienta la declaración. 
  • Establecer límites de tiempo y espacio. Ahora no. Aquí no. 
  • Pensarlo universal, como un grano de polvo estelar en la inmensidad. 
  • Ver todas las temporadas de una tragicomedia en Netflix.
  • Practicar telepatía con mi almohada.
  • Dibujar un sigilo y olvidar la clave.
  • Escribir un mensaje de texto sin destinatario.
  • Hacer un playlist temático con un título obvio e impenetrable como “El Playlist”. 
  • Preparar listas. 

The safest place I know

Not in these lines or the sound of my keyboard. 
Not in the enveloping rumble of a low wave. 

This is the safest place I know. 
Not in the stillness of dawn. 
Not in the decaying afternoon light.
And not always in your eyes. 

This is the safest place I know. 
Not in the grounding pain of life. 
Not in the soaring hope of surrender.
Maybe in your smile, sometimes.

This is the safest place I know. 
Not in the pace of my breath.
Not in the mood swing of dreams, 
But often in a faraway look. 

This is the safest place I know. 
Enclosed in the idle thoughts. 
Fumbling in deep currents of fears. 
Awakened in the music of possibilities. 
Weighed by the gravity of catastrophes.

This is the safest place I know. 
In the muse of obsession. 
In the rumination of unlikely probabilities.
In the unassuming prayer to skeptical gods.

The safest place I now is a cave underwater. 
The pressure resonating in my ears and chest. 

It’s the subtle laugh that carries me. 
The turbulence of unrevealed emotions. 
The buzz of unmeasured ideas.

The safest place I know is often
the vibration of expectation.
The energizing illusion of hope. 
The gravity of uncertainty.

The safest place I know is the first sentence in a story. 
The clumsy rhymes in a poem. 

Sueño entumecido

Soñé placeres que no podía disfrutar. 
Espacios lujosos inhabitados. 
Un elevador que no ascendía ni descendía, 
solo se invertía en trazo horizontal. 

Un banquete suculento que no podía saborear. 
Una fiesta a la que no podía llegar.
Un disco ball sin ton ni son.  

Una multitud que no se miraba. 
Un espectáculo que no era para mí. 

Un valiente que denunció injusticia
y ficción de voluntades. 
Una ejecución fulminante
y huérfana de sorpresa.

Crespúsculo doméstico sin generador

Versión editada de una entrada en mi diario a dos meses del huracán María. 

El asueto del generador de electricidad devuelve sonidos cotidianos a mi tarde. Escucho el móvil sonando como si cantara para una vieja melodía que el viento, solo el viento conoce. No interrumpe. Es como una gota de agua tibia sobre piel mojada. Siento su repique y tintinar en mi espalda como cosquillas que empiezan en el centro de mi oído. (more…)

Leve topografía del cielo

Sobre las nubes también hay monumentos y catedrales, acantilados y cascadas, valles y desiertos. Hay glaciares que se desprenden y espuma de hielo.

¿La tierra será la profundidad del cielo? Su corteza como la fina capa entre el oxígeno y la cavidad volcánica. ¿O será también un mar desolado habitado por elementos de luz, tocando sol y navegado por escafandras de acero y otros seres alados?

Tal vez el cielo es un velo entre el fin y la eternidad. Una infinidad que habita cada rastro de su apresurada y constante expansión y en cada grano de estrella que nos compone.

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Contemplación en Cayey

Retoños encontrados en un tronco caído con las raíces todavía aferradas a la tierra. Creo que se trata de un parásito o planta con relación simbiótica. Tras el huracán, viven, persisten.

Otras imágenes tomadas de Cayey. La labor insistente y amorosa de mis padres devuelve la tranquilidad y hospitalidad natural del espacio. Lo podemos disfrutar gracias a ellos.

De sol, viento y sombra

Todo brilla bajo el sol. Por suerte la brisa lo acompaña y mi cuerpo no se entrega al sopor. Por lo menos no en este momento. Un día ventoso y el sonido del viento se confunde con al rugir de la avenida y el eco estruendoso del túnel Minillas.

Por suerte, lo más que veo por mi ventana son los árboles que quedan desafiantes en la Ave. de Diego. Como una fila de soldados velando un monumento histórico, casi monárquico. Velan la sombra y el oxígeno; nuestro derecho a caminar sin que nos atosigue el calor.

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