Instantáneas Pasajeras: La espera I

Alfredo toma el tren cinco días a la semana para ir al trabajo. Es sesentón, casado, sin hijos, ni amigos, ni familia extendida. Tiene a  su esposa Fernanda y un perro que no tiene nombre (Fernanda secretamente le dice Pipo).

Vive  en Adrogué y trabaja para una compañía de seguros. Hace 20 años que hace lo mismo y no lo cambiaría por nada. No tiene auto porque son muy caros y trabajosos. Conoce muy bien las estadísticas sobre accidentes automovilísticos y las trampas de las aseguradoras. En resumen: las aseguradoras siempre ganan y los asegurados siempre pierden. De eso se encargó él por muchos años. Ahora se dedica a los seguros de vida y deceso.

Lo único que disfruta de la mañana es el café con unas vainillas remojadas y leer el periódico mientras escucha el boletín de las siete de la mañana. No le interesan los deportes. Justo cuando empieza el boletín deportivo, Alfonso apaga la radio. Es hora de irse y su esposa le dice que en la cena lo espera con un caldo de pollo para un día lluvioso.

Desde que sale de la casa toda la experiencia es asfixiante.  Por suerte, la estación del tren queda cerca de su casa. Sale con su paraguas y un tapado para la lluvia fina. Camina unas cuadras.  Por suerte, la estación del tren es pequeña. Hace la fila para comprar boleto y  el oficial le saluda.

—¡Buen día, don Alfredo! ¿Otro día de laburo? ¿Cuándo se va a retirar?

Alfredo ni lo mira. Levanta un poco el brazo sobre su hombro encorvado. Fernanda le hace la misma pregunta cada tarde cuando regresa a la casa. Alfredo responde encerrándose en su estudio y encendiendo la radio para escuchar las noticias de la tarde que siempre son las misma que escuchó durante el desayuno. Pasa horas largas enclaustrado hasta que Fernanda le llama para cenar.

—¿Qué hacés allí metido toda la tarde, Alfredo?— le pregunta Fernanda durante la cena.

Alfredo masculla un bocado y se limpia el bigote.

—Cosas mías.

—¡Cómo te gusta decir eso, Alfredo!

Fernanda termina de comer y empieza a limpiar los platos y a recoger los trastes de la mesa.

—Tan boba que era yo —dice Fernanda al soltar una risa tenue—. Llegué a pensar que te encerrabas para hacer tus grandes planes, que algún día te largarías de esa aburrida aseguradora y te dedicarías a…

—¡Bueno basta ya con esas boludeses! No sé que historias te has hecho. Pero con esa aburrida aseguradora te has mantenida entretenida toda una vida con tus proyectitos.

La casa está llena de esos proyectitos. Poco después de casarse Fernanda quería dedicarse a la repostería. Llenó la cocina de adminículos de cocina que acumularon polvo y grasa y que nunca vieron un pastel que se dejara comer. Luego decidió ser artista y eso duró por un tiempo pues Fernanda intentó todo tipo de medio: pintura, serigrafía y cerámica. Hizo que Alfredo le comprara un piano y debe haberlo tocado dos o tres veces. Ahora sirve para exhibir parte de su colección de teteras de cuando se le dio por ser coleccionista.

—No te agités —le contesta Fernanda.

Alfredo deja la cena a medio terminar, se pone de pie y tira la servilleta sobre su plato. Mira a Fernanda, pero ella ya tiene su mente ocupada con las faenas de la noche. Alfredo se resguarda en su estudio y tira la puerta con determinación para que Fernanda escuche.

El estudio es pequeño y oscuro. Aunque tal vez es grande e iluminado. Es difícil distinguir entre la masa de diarios que tiene apilados por cada esquina. Diarios amarillentos y empolvados, pero minuciosamente organizados y distribuidos por fecha.

Alfredo enciende la radio y se sienta en su escritorio frente a la maquinilla que tiene un papel en blanco. Alfredo lo arranca. Saca un cigarro del cajón. Empieza a fumar. Antes del boletín deportivo, Alfredo ya ha puesto otro papel en la máquina.

***

Alfredo sube con un poco de fatiga al andén. Mira a su alrededor por si ve un rincón desolado sin ser reclamado. Se apuesta entre el quiosco y el banquillo y espera. Espera como todos los días. Calcula según el frío, el viento, el día de la semana y del mes cuántas personas viajarán hoy. Sabe muy bien dónde tiene que pararse: cerca al borde del andén, entre las líneas amarillas que indican aproximadamente dónde abren la puertas del tren.  Tiene que entrar  por donde haya un respiro espacial, una oportunidad entre carne humana y vacío. Tal vez pueda reclamar uno de esos asientos solitarios del tren diseñados para personas que viajan solas y  que no tienen con quien hablar, ni quieren hablar. Personas como él.

Hoy es jueves y ya el mundo está cansado o enfermo. Seguramente falta una cuarta parte del personal a la compañía.

Llega el tren y Alfredo se pone en posición. Ve a todos los pasajeros movilizándose amenazantes. Ubicados unos sobre la línea amarilla  y otros sobre el borde, de esos que no  dan un paso atrás hasta que ven el rostro al conductor. Alfredo detesta a ese tipo de pasajeros. Un paso antes o después de la línea le importa una mierda. Pero los detesta igual.

Se abren las puertas. Alfredo acelera su paso, logra escurrirse empujando un poco a los demás pasajeros y con suerte se sienta en uno de esos sillones solitarios. Le va perfecto, justo a su medida. Tiene espacio suficiente para apoyar su maletín sobre un costado.  Comodidad plena. El bullicio se apacigua y cada cual encuentra palo,  asiento o una pared.

Alfredo no acaba de acomodar su maletín cuando otro pasajero distraído lo ataca con su paraguas mojado. Alfredo seca las gotas de agua que cayeron en su frente y mira al pasajero. Cierra sus ojos un poco, y lo mira de los pies a la cabeza como si fuera un sastre tratando de adivinar las medidas de su cliente. Otro ejecutivo recién iniciado con su traje barato y maletín sobrecargado de papeles, tareas sin completar y expectativas infladas. Muy joven o muy boludo para entender lo que le viene encima, piensa Alfredo. Recién egresado de un programa muy caro de negocios, con cero experiencia, seguro va de camino a su primer trabajo que le han dado por tener buena pinta, juventud y título.

El tren agarra velocidad y el ejecutivo recién iniciado pierde el balance. Deja caer su maletín al piso y el paraguas sobre Alfredo.

—Disculpe— dice un poco avergonzado el ejecutivo recién iniciado. Alfredo aprieta su quijada y lo mira de reojo mientras le devuelve el paraguas.

—Ok— dice Alfredo entre dientes mientras saca un pañuelo para secarse. El pañuelo tiene la iniciales A.P.  A su esposa Fernanda le ha dado por bordar y le hizo este pañuelo. Pero todavía está aprendiendo y se nota en las punzadas dubitativas que marcan las iniciales de Alfredo, que bien podrían leerse como D.P. o D.F.

El tren sigue su ruta. Se detiene en la próxima estación y vuelve el flujo de pasajeros entrando y saliendo. Alfredo se despega de la atracción soñolienta de mirar a la gente ir y venir y saca un libro de su maletín. Se lo consiguió en una tienda de libros usados un día caminando cerca de su trabajo. Nunca le había prestado atención a los mini libreros desplegados en la calle. Siempre son los mismos libros de autoayuda o los thrillers de autores cuyos nombres no puede pronunciar. Pero esa tarde, caminando y retrasando su regreso a casa, se encontró con este libro de portada en blanco. Cuando lo abrió leyó el título: La Espera. Siempre llevaba el libro en su maletín, pero nunca lo había abierto. Abre la primera página y se dispone a leerlo por primera vez.

—¡Hola!. ¿Me escuchás? Estoy en el tren—dice  el joven ejecutivo e interrumpe la lectura de Alfredo—. ¿Me escuchás? Tengo mala señal en el móvil. Disculpá que te llame tan temprano, pero tenía una pregunta sobre la agenda de hoy.

Alfredo lo mira desconcertado, como si cada palabra que dice el joven es una afrenta personal.

—Es un día complicado y quiero que todo vaya lo más tranquilito posible. Quiero evitar conflictos.

Alfredo le sigue mirando. Tal vez una mirada amenazante será suficiente para marcar su territorio. Pero el joven está muy interesado en el teléfono con el que ahora marca para hacer otra llamada.

—Hola, mi amor. Hoy cambia todo. Estáte lista que te busco a la tarde para celebrar.

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