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Registro de Exposición: Taller de Encuadernación Manual

Me apunté en el taller en busca de materialidad y contacto con mis manos. Colecciono y uso todo tipo de libreta. ¿Por qué no crear las mías? Sin embargo, me volvieron a tomar las palabras.

El taller lo tomé en Lapaduma, un espacio en Bayamón dedicado al arte del libro, bajo la atenta, rigurosa y cálida tutela de Nicole. Me apunté como parte de una tarea personal de exponerme a experiencias y aprendizajes que me liberen del loop mental. Luego las registré en la forma más habitual y cómoda que conozco, el relato.

Llegué al taller en tren con suficiente tiempo para caminar por el viejo centro del pueblo. Era un domingo por la tarde. Un día húmedo que prometía lluvia pero sin soltar mucha prenda. Esa tarde no habría alivio a la sequía. Vi la plaza, la mueblería, restaurantes, una librería y la Iglesia Universal. Todo estaba cerrado.

Lapaduma tiene un patio que hace esquina con la calle. La entrada es una puerta coronada con un sol trunco de metal con las iniciales CSC. Es un detalle que observé desde el interior. Cuando llegué solo noté la doble puerta de cristal cubierta con una cortina. Insegura, pues había llegado tan temprano, giré la manija delicadamente y la puerta abrió. Me recibió Camilo frente a una mesa de trabajo con 11 taburetes y 11 kits de materiales de encuadernación. Me disculpé por llegar 45 minutos antes de la hora citada. Camilo restó importancia, señaló la mesa y me invitó a escoger mi lugar, no sin antes indicarme cuál era la zona más fría. Me ofreció café y acepté con mucho alivio. El café resuelve tensiones.

El lugar es una mezcla de taller, museo y tienda. Hay prensas antiguas, libretas, libros, diarios, panfletos y muestras de papel y de telas. La tiendita da a la ventana. Su contenido es tan hermoso y delicado como el resto del espacio: pequeñas escuadras de encuadernación hechas a mano, hilos de colores intensos, cuchillas de cortar y navajas de repuesto, tijeras diminutas, plegaderas de hueso, pega de almidón, punzones hechos a mano, papeles de colores, pesas, agendas, calendarios y cajas de papel. Ya en ese momento, mientras hacía registro de los contenidos de la tienda, repetía en mi mente cada palabra que se agregaba a mi repertorio.

Poco después de mí, llegó Rosi (es el nombre que recuerdo, puedo estar equivocada), una señora que parecía estar en los setenta y largos años. Vestía de un color verde olivo pastel como perlado. El esmalte de sus uñas combinaba con la ropa. Rosi preguntó si había llegado al taller de encuadernación y ante la respuesta afirmativa de Nicole y Camilo, hizo señas para despachar el auto que la llevó hasta ahí. Nos tomamos un café juntas en el sofá de cuero frente a una pared de ladrillo expuesto. Me explicó que toma talleres de arte para “mantener al alemán lejos”. Asumí que se refería a la enfermedad de Alzheimer. Ha trabajado mucho con el mosaico. Le gusta, aunque toma tiempo. Le resulta muy práctico porque puede crear regalos para sus familiares. Ahora mismo lleva meses trabajando en uno para su sobrino. Además toma talleres de dibujo en otro espacio de Bayamón y está aprendiendo una técnica japonesa con tela. Me mostró una imagen en su celular, de flores y figuras como en relieve acolchonado. No alcancé a entender muy bien lo que estaba viendo. En ese momento empezaron a llegar el resto de los participantes.

Cuando me senté a trabajar busqué mis espejuelos de cuarentona y no los encontré. Empecé en desventaja.

Nicole nos dio la bienvenida y propuso que cada cual se presentara. Admitió que no solía hacerlo y nos dio permiso para ser breve. Entre nosotros había educadoras, una periodista, artistas, un poeta, artesanas y curiosas. Cada cual había llegado con un deseo de conocer y experimentar, por amor a los libros o por un proyecto individual que quería nutrir con la encuadernación. Fui la última en presentarme. Siempre me propongo a ser parca, pero cuento más de lo que anticipo. Es extraño presentarse y explicarse. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué estoy aquí? Lo bueno de tener el último turno es que por ahorro del tiempo colectivo puedo decir poco. Mi reto fue evadir el impulso de hacer una sinopsis de lo que cada persona dijo. Lo resolví con un “wow”, como diciendo y “¿cómo se supone que yo llegue al nivel de todos ustedes?”. Yo lo que quiero es salir de mi mente y usar mis manos. Eso dije.

A mi lado se sentó una periodista. Resulta que tenemos un amigo en común. Nos reconocimos así, tal vez por que Facebook nos alerta que es posible que nos conozcamos y que debemos hacernos una solicitud de amistad. La felicité por un premio que recibió recientemente. En la ronda de presentaciones, dijo que le interesa la encuadernación porque es escritora y le encantan los libros. Antes había tomado un curso de cerámica. Me parece que su búsqueda no es muy distinta a la mía.

Una vez empezamos a trabajar, no sabía si tomar notas. No soy buena anotando pasos concretos e indicaciones manuales. Pero al escuchar las explicaciones saltaron a mi oído palabras y frases que empecé a repetir en silencio, como para no olvidar. Mientras observaba atenta los movimientos de Nicole sobre el papel, sostenía en mi mente cada palabra y cada término como si fuera una nota musical o casi con miedo de dejarlas caer y que se quebraran. Así que resolví sacar mi libretita y empezar a anotarlas.

crear memoria en el papel
replegar
refilar
guarda
plegadora de hueso
solapa
papel canson
punzón
cadeneta

La primera lección fue sobre la fibra del papel. Antes de cortar, doblar o plegar hay que identificar la dirección de la fibra del papel. Si se corta o dobla contra la fibra, este resiste, se abre y se puede partir. La manera de encontrar la dirección es doblar sutilmente el papel y escoger el ángulo que ofrece menos resistencia.

Herramientas y materiales

Nicole describió cada herramienta y cada paso con calma, delicadeza, atención minuciosa y familiaridad respetuosa. Mi afán por las palabras y la poesía que se asomaba amenazaba con dejarme a la deriva en la abstracción textual. Las ideas empezaron a desplegarse en mi mente con posible frases y usos de los términos que aprendía. Las instrucciones de Nicole me rescataron.

Volvimos al papel, a la plegadora, la textura, a alinear las hojas, a juntar laboriosamente una punta con la otra para que el doblez quede derecho, a repasar la plegadora del centro hacia arriba y del centro hacia abajo en un movimiento firme pero cuidadoso para no dejar marcas. Empezamos haciendo un pequeño panfleto con tapa blanca, guarda de un color mostaza y 28 páginas (sin contar la guarda). Una vez juntadas las hojas procedimos a cocer. La costura, explicó Nicole, es el eje de construcción. Y aquí vino otra lección sobre materiales.

El hilo debe ser de lino porque es más fuerte que el algodón. Conviene que esté levemente encerado con cera natural para no arriesgar dejar residuos que dañen el papel. Se usa un punzón para hacer las perforaciones por donde pasa el hilo. La punta del punzón debe ser fina y uniforme para que la dimensión del agujero deje pasar solo aguja e hilo. Conviene que la aguja y el ojal sean de grosor similar. Nicole nos invitó a escoger hilo y nos pasó una bolita de cera natural para untar. Del hilo, había que cortar tres veces la medida del lomo del panfleto. Escogí el color (un azul púrpura eléctrico) y repasé el hilo sobre el lomo tres veces antes de cortar.

Enhebrar el hilo fue un esfuerzo (recordemos que no tenía mis espejuelos). El grosor del hilo y el ojal del aguja eran tan parecidos que me tocó perserverar. Nicole nos enseñó a encerar la punta, aplanarla con la plegadera e insistir hasta pinchar una fibra del hilo y pasarla a través del ojal. A veces, nos dijo, es necesario cortar un poco la punta o buscar otra aguja. Algunos teníamos una aguja con un ojal demasiado pequeño para el hilo. Nicole buscó reemplazos en su cajita de aluminio y logramos enhebrar.

¿Qué parte cocer en el panfleto? Nicole nos compartió otro pedazo de papel a la medida del lomo del panfleto, con instrucciones de doblarlo en cuatro partes iguales, creando un acordeón. Marcamos tres dobleces desde el centro. Esta sería nuestra guía para agujerear el panfleto con el punzón. Aquí se nos juntaron dificultadas. Había que sostener el panfleto alineado, no permitir que las hojas se soltaran, y hacer marcas en el doblez central. Usamos una pesa pequeña para fijar todo en su lugar y poder maniobrar. Una vez hechas las marcas en el papel, procedimos a crear los agujeros con el punzón. Para mi sorpresa, esta labor requirió todo mi cuerpo. Tenía que perforar el papel sin dañarlo, con paciencia y fuerza medida. Se me tensaron los brazos y los hombros. Opté por girar el punzón en lugar de empujarlo.

Tenía que mantener un ángulo de 45 grados y velar que la punta saliera justo por el centro del lomo delgado. A veces había que darle giros grandes para que la perforación diera espacio a la aguja y el hilo, pero no demasiado espacio, por que la costura tiene que quedar bien ajustada. Terminé cansada de tan simple ejercicio. El próximo paso fue pasar el hilo. Podía hacer el nudo central fuera o dentro del panfleto. Escogí hacerlo adentro. Me parecía más prolijo. Dejar un nudo con hilo desprendido en el exterior aumentaría el riesgo de que se me deshiciera el panfleto.

Nudo interior

Pasar la agua y el hilo fue un ejercicio más relajante. Como un sobito después de dar punzadas en el papel. Sentir la textura y escuchar la fricción del lino contra el papel me devolvió a la serenidad de aprendiz. Terminamos el panfleto repasando la plegadera en el lomo para alisar la superficie y recomponer un poco el papel perforado. Nicole puso todos los cuadernos a prensar, un paso que nos tocaría completar en la casa.

La próxima tarea fue crear un cuaderno con una solapa y doblez cuadrado que serviría de cierre. Aquí Nicole nos dio una breve exposición sobre el papel. El mejor papel para trabajar en la encuadernación manual, explicó, es el canson, de origen francés. Se puede conseguir en Puerto Rico u ordenar en línea. Es un reto conseguir papel en Puerto Rico. Eso me hizo cuestionarme si era buena idea embollarme con un oficio que requiere materiales que son difíciles de adquirir. Pero piché y dejé las implicaciones sociales, políticas, ambientales y económicas de trabajar con papel para otro día. Seguí.

Cuaderno con solapa y cierre

Nicole nos invitó a escoger papeles para la tapa del póximo proyecto. Cuando empezamos a manipular el papel nos indicó que el papel tiende a mancharse por la grasa natural de la manos y que debemos mantenerlas limpias. Nos recordó usar una plegadera de PVC para evitar dejar brillo. La de hueso sigue siendo mejor, porque se puede afilar y sirve para marcar y darle forma al papel.

En esta ocasión, hicimos algo distinto: refilamos. Cortamos papel con una cuchilla para emparejar las hojas. Se puede usar una guillotina, pero Nicole prefiere la cuchilla. Refilar no es obligatorio. A veces necesario y en otras instancias es requerido (en el caso de la encuadernación profesional). Me costó trabajo. No podía mantener recto el filo de la chuchilla en movimiento. No encontré la presión adecuada. Así que el filo de los papeles de mi libreta quedó desparejo, desalineado y diagonal.

Mi primer refilado

Procedí al próximo paso. Crear una solapa con un doblez cuadrado. Fue un baile de tensión, fuerza y presición entre la regla, el papel, el mat de cortar y la replegadora. Nicole me asistió para hacer una leve corrección en el pliegue. Ahora miro el doblez cuadrado y lo considero mágico. No sé bien cómo fue que salió, pero salió.

Para coser, esta vez usamos otro tipo de costura: cadeneta. Escogimos hilo, lo medimos, cortamos, enceramos y enhebramos. Utilizamos una guía de perforación que Nicole ya había preparado. Hice los agujeros con la misma dificultad que la primera vez. Pero luego coser ese patrón fue una de mis partes favoritas: ver el contraste de color entre el hilo narajana y el azul, el paso de la aguja y el hilo y ver la forma que iba generando un diseño sobre el lomo y el interior del panfleto.

Cadeneta

Noté manchas en mi papel. Creo que me toqué la cara y transferí el aceite al material. Nicole nos había comentado que a veces esas manchas pueden ser una oportunidad de diseño. Puedo pegarle o pintarle algo ahí, pensé. Lo descarté. La mancha es un huella de la experiencia. Hay muchos detalles que ahora veo y me hacen recordar el ejercicio, el proceso, lo que estaba tocando, haciendo, pensando y sintiendo en ese momento. Por ejemplo, esta costura que hice. La cuarta está torcida. Es justo donde inserté la agua y el hilo sobre sí mismo. Hilo en el hilo. Tuve que deshacer el punto, volver a enhebrar y retomar. Cuando veo la costura de ese lomo me recuerda el desvío.

Desvío y corrección

Pausamos para merendar. Aunque en el correo electrónico en preparación al taller, nos habían recomendado que lleváramos una merienda, Nicole y Camilo nos convidaron a una mesa con humus, chips de tortilla de maíz, zanahorias y aceitunas. Poco a poco dejamos nuestro panfleto a mitad para dirigirnos a la mesa y comer. Hablamos de la historia del edificio y las misteriosas siglas CSC. Se desconoce qué significan. Antes de ser Lapaduma, el espacio había sido un McDonalds y una barra. Continuamos la charla. Una niña, hija del poeta, sentada en la mesa con su iPad comía rigurosamente los chips, ignorando las zanahorias. El poeta me preguntó si nos conocíamos de otro lugar. Procedimos a hacer un repaso de todos los posible lugares de encuentro. Aposté a la Iupi, donde trabajé y estudié. Nombramos nombres de personas y lugares recorrimos. La conclusión fue que seguramente hemos pasado por los mismos espacios, como Lapaduma.

Retomamos la labor para hacer el cierre del panfleto. Otra vez tocaba usar la cuchilla. Pero el corte era más sencillo. Una simple ranura en la tapa y recortar la solapa en forma de triángulo. De todos modos, medimos con la regla y dibujamos un patrón para cortar con seguridad. Y listo. El panfleto ahora tenía un cierre.

Para mi sorpresa, nos queda un cuaderno por hacer. En este punto estaba agotada y empecé a percibir desprolijidad en mis movimientos. Muy parecido a lo que me ocurría cuando tocaba la flauta y había pasado más de una hora practicando. Mi brazo caía y la flauta se acercaba a mi cintura. Me apresuraba y violentaba los tiempos, los dedos se entorpecían, confundía las articulaciones, me quedaba sin aire, me temblaban los labios y el vibrato se exageraba. En el taller de encuadernación, me quedé sin energía para procurar precisión.

En esta ocasión haríamos un cuaderno doble con solapa, dos panfletos unidos por la misma costura de tres puntos. Escogimos los papeles para la tapa y el hilos. Las perforaciones las hicimos sosteniendo dos panfletos juntos (con el apoyo firme de la pesa). Cocimos entre lomos, con cuidado de mantener el ángulo y las páginas alineadas. Trabajé con más prisa y poca paciencia para el detalle. Noté que los lomos de los panfletos estaban desalineados.

Cuaderno doble con solapa

El agotamiento fijó mi ritmo y atención. De todos modos, completé la tarea con un sentido de satisfacción y logro. Viendo, nuevamente, en el producto final, el rastro de la experiencia y mi aprendizaje.

Ahora que reviso los cuadernos, casi con actitud forense, sigo percibiendo la huella y recordando la posición de mis manos, la tensión de mis brazos y hombros, la textura del papel y la replegadora fría repasando.

Doble lomo disparejo
Otro rastro de aprendizaje

A pesar del cansancio y la gran producción realizada para un grupo de principiantes, nos quedamos con ganas de más. Nicole nombró los próximos talleres, entre ellos uno para cortar papel y otro de encuadernación de tapa dura. El primero será breve y liviano. El segundo será en octubre, durarará varios días y va incluir la creación de tapas usando técnicas de pintar tela. Repaso en mi mente la agenda de trabajo y la de mi hijo (con sus compromisos académicos y deportivos). No me puedo comprometer todavía, pero me prometo intentar tomar los talleres.

Estuvimos más de seis horas inmersos en la encuadernación. All legar el fin de la actividad, sentí el vacío liviano de cuando se termina algo. Estaba a gusto. Nos despedimos con el mismo grado de cordialidad con el que nos saludamos. Ya el espacio que nos había hospedado se abría para dejarnos ir.

Crucé el sol trunco de la puerta. Salí y caminé hacia el tren, pero esta vez, del otro lado de la calle para ver otras cosas. La tarde estaba nublada y fresca. Ya la amenaza de lluvia se había desvanecido. Paré a comer una pizza en los vagones de comida frente a la estación Bayamón. La encontré salada.

Tomé el tren y en ese tramo de regreso a casa me trasladé a todos los recorridos en tren que hecho en mi vida, en Buenos Aires, en Chicago y en Europa. Sentí un poco de nostalgia por todo lo que se hace posible en esa cápsula de espacio y tiempo en movimiento.

Con los cuadernos guardados cuidadosamente en mi bolso y cálculos logísticos en la mente para otro taller de encuadernación, me bajé del tren y caminé hasta mi hogar.

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